Conocido del lugar, este hombre, de pocas palabras, de andar sigiloso, se paró un día en medio de la plaza y empezó a hablarles a los caminantes presurosos que circulaban por allí y que lo miraban apenas, y se dirigió también a las personas sentadas en los bancos. Y dijo:
-El insulto, el grito, la indiferencia, los golpes, el sometimiento y el maltrato en cualquiera de sus formas… ¿Por qué esta jodida costumbre de violentarnos los días? ¿Por qué nos hacemos la vida pesada, tratándolas a ellas como si fueran una cosa, cosa que nos pertenece, arrebatándoles de todo, hasta su vida?
Y reflexionó:
-Ojalá recordemos que solo somos breves pasajeros en este mundo que no se nos acomoda. Y que en nuestras relaciones el que decida sea el amor.
Sería una forma de ser un poco más libres, paradójicamente, en esta cárcel que nos supimos construir, pero de la cual tenemos las llaves para abrir las puertas y sacudirnos las ataduras y los miedos, que nos impiden ser.
Texto escrito por Alexis Rasftopolo
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