Palabras de una sobreviviente II

Rompamos el silencio
A pesar de los múltiples cambios a que la familia se ha visto sujeta en las últimas décadas, la sociedad en general aún espera, y da por sentado, que esta institución, que en otras dimensiones incluye la convivencia, siga siendo absolutamente esencial si se quiere que las personas lleguen a la madurez psicológica y encuentren su lugar en la sociedad.
Lamentablemente, entre los mayores problemas que hoy enfrenta la familia, se destaca uno que atenta directamente contra la convivencia: la violencia en la familia, y se trata de un problema del cual, como demuestran los estudios que se han hecho sobre el tema, los casos que nos informan los medios de comunicación y los que conocemos en nuestro contexto, no se exime ninguna clase social.
El principal cómplice de la violencia en la familia, es el silencio, no sólo de los victimarios –sobre quienes penosa y lamentablemente quisiera creer (porque aún me es difícil aceptarlo) que no son conscientes de su conducta violenta y de su responsabilidad por ella sin importar la causa de la violencia-, sino también de las víctimas, porque por temor o vergüenza, preferimos callar respecto a este mal, que lenta pero progresivamente destruye la convivencia y a cuenta de “no sacar los trapitos al aire”, se trata de mantener en secreto un problema que a la corta o a la larga acarrea tristes consecuencias.
Para bien, en los últimos años, en la sociedad ha habido un cambio de actitud en cuanto a este tema, y uno de los logros ha sido el reconocimiento de la violencia en la familia como un problema que no pertenece sólo al ámbito privado, sino también al público.
Particularmente, siempre experimenté, además de compasión, una normal reacción de indignación ante los relatos de dolor sobre los abusos, malos tratos y la violencia sufridos en el contexto de sus familias. Sin embargo, no fui plenamente consciente de que la indignación produjera algún efecto sobre las personas hasta que leyendo un libro, me encontré con la siguiente propuesta: “Recuperar la dignidad a través de la indignación”. Y esta frase me hizo reflexionar, y comprendí que la expresión de indignación produce ciertos efectos en la persona que busca ayuda, como alivio y confianza. Entendí entonces, como lo hizo la autora del libro que trata sobre esta propuesta, que es sano indignarse frente a la violencia en cualquiera de sus formas, pero especialmente frente a la que se esconde dentro del ámbito familiar, el hogar. Pero, ¿por qué es saludable indignarse? Porque el maltrato y la violencia rebaja al ser humano, sea en su rol de agresor o de víctima, a un nivel de indignación tal que contrasta con la dignidad con la que Dios quiso dotarlo e imaginó para él; y también, porque hay que levantar la voz por los que no tienen voz y hacerles justicia, promoviendo la esperanza de libertad y salud.
Y en fin, porque hoy pienso, creo y estoy convencida que después de sufrir maltratos y violencia, y aún habiendo que transitar un camino de aceptación y sanación (y que puedo confirmar que es difícil), puedo anunciar que hay otra forma de vivir en familia, sobre todo en la relación conyugal, y cuestionar todo lo que era esperable y seguro, ya que la persona o la familia que ha vivido dentro de interacciones abusivas, suele naturalizar la violencia, porque lo conocido y repetido tiende a resultar normal (“siempre fue así”, “todas las mujeres de mi familia pasaron por esto”, etc). Se que es difícil mirar lo que vendrá con esperanza sí no hemos sanado debidamente las heridas del pasado, y reconociendo los efectos que aún siguen vigentes y curando finalmente los dolores y heridas pendientes. Pero sólo así es posible disponerse a transitar con libertad un camino diferente en lo que hace a las relaciones con la familia de origen y la propia, especialmente en el ámbito del matrimonio, porque cuando llega la luz y se proponen otras opciones podemos anunciar que podemos y debemos querer relaciones familiares más equitativas y dignas… ¡Porque hay otro modo de ser hombres y mujeres y hay otra forma de vivir en familia!


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