Rompamos el
silencio
A pesar de los múltiples cambios
a que la familia se ha visto sujeta en las últimas décadas, la sociedad en
general aún espera, y da por sentado, que esta institución, que en otras
dimensiones incluye la convivencia, siga siendo absolutamente esencial si se
quiere que las personas lleguen a la madurez psicológica y encuentren su lugar
en la sociedad.
Lamentablemente, entre los
mayores problemas que hoy enfrenta la familia, se destaca uno que atenta
directamente contra la convivencia: la violencia en la familia, y se trata de
un problema del cual, como demuestran los estudios que se han hecho sobre el
tema, los casos que nos informan los medios de comunicación y los que conocemos
en nuestro contexto, no se exime ninguna clase social.
El principal cómplice de la
violencia en la familia, es el silencio, no sólo de los victimarios –sobre
quienes penosa y lamentablemente quisiera creer (porque aún me es difícil
aceptarlo) que no son conscientes de su conducta violenta y de su responsabilidad
por ella sin importar la causa de la violencia-, sino también de las víctimas,
porque por temor o vergüenza, preferimos callar respecto a este mal, que lenta
pero progresivamente destruye la convivencia y a cuenta de “no sacar los
trapitos al aire”, se trata de mantener en secreto un problema que a la corta o
a la larga acarrea tristes consecuencias.
Para bien, en los últimos años,
en la sociedad ha habido un cambio de actitud en cuanto a este tema, y uno de
los logros ha sido el reconocimiento de la violencia en la familia como un
problema que no pertenece sólo al ámbito privado, sino también al público.
Particularmente, siempre
experimenté, además de compasión, una normal reacción de indignación ante los
relatos de dolor sobre los abusos, malos tratos y la violencia sufridos en el
contexto de sus familias. Sin embargo, no fui plenamente consciente de que la
indignación produjera algún efecto sobre las personas hasta que leyendo un
libro, me encontré con la siguiente propuesta: “Recuperar la dignidad a través
de la indignación”. Y esta frase me hizo reflexionar, y comprendí que la
expresión de indignación produce ciertos efectos en la persona que busca ayuda,
como alivio y confianza. Entendí entonces, como lo hizo la autora del libro que
trata sobre esta propuesta, que es sano indignarse frente a la violencia en
cualquiera de sus formas, pero especialmente frente a la que se esconde dentro
del ámbito familiar, el hogar. Pero, ¿por qué es saludable indignarse? Porque
el maltrato y la violencia rebaja al ser humano, sea en su rol de agresor o de
víctima, a un nivel de indignación tal que contrasta con la dignidad con la que
Dios quiso dotarlo e imaginó para él; y también, porque hay que levantar la voz
por los que no tienen voz y hacerles justicia, promoviendo la esperanza de
libertad y salud.
Y en fin, porque hoy pienso, creo
y estoy convencida que después de sufrir maltratos y violencia, y aún habiendo
que transitar un camino de aceptación y sanación (y que puedo confirmar que es
difícil), puedo anunciar que hay otra forma de vivir en familia, sobre todo en
la relación conyugal, y cuestionar todo lo que era esperable y seguro, ya que
la persona o la familia que ha vivido dentro de interacciones abusivas, suele
naturalizar la violencia, porque lo conocido y repetido tiende a resultar
normal (“siempre fue así”, “todas las mujeres de mi familia pasaron por esto”,
etc). Se que es difícil mirar lo que vendrá con esperanza sí no hemos sanado
debidamente las heridas del pasado, y reconociendo los efectos que aún siguen vigentes
y curando finalmente los dolores y heridas pendientes. Pero sólo así es posible
disponerse a transitar con libertad un camino diferente en lo que hace a las
relaciones con la familia de origen y la propia, especialmente en el ámbito del
matrimonio, porque cuando llega la luz y se proponen otras opciones podemos
anunciar que podemos y debemos querer relaciones familiares más equitativas y
dignas… ¡Porque hay otro modo de ser hombres y mujeres y hay otra forma de
vivir en familia!
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