Gritemos BASTA!

Desde siempre hemos estado en los sueños de algunos hombres. Desde siempre nos han dicho los poetas, lindos elogios, que somos suaves como pétalos, dulces como la miel, de miradas serenas, henchidas de amor, pletóricas de palabras de consuelo. Nos han amado así, complacientes, comprensivas, discretas, sumisas. Hemos sido bellas como rosas, buenas como el pan, quietas como estatuas. Les gustamos cuando estamos calladas, porque estamos como ausentes.
Pero nos están matando y no hay belleza en eso, nos están violando y eso no es armónico, nos están desapareciendo y eso no es tranquilo. En eso no hay poesía.
Hijos del poder violándonos, matándonos, eso no es ternura. Eso no es pasión, eso no es amor. Eso no es un sueño, eso es pesadilla. La ley letra muerta, la justicia cómplice, el gobierno sordo, la policía proxeneta, eso no es poesía, eso no es un sueño, eso es realidad.
No salen ahora palabras tiernas de nuestras gargantas, ni siquiera una palabra porque sabemos: "las palabras ahora no sirven: son palabras". Porque como dijo un  poeta: "Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre se escucha que transita solamente la rabia". Pero a nosotras la rabia nos estuvo vedada, nos ponía feas, nos quitaba novios. Cosa de hombres la rabia. Cosa de histericas la rabia.
Como dijo otro porque vivimos a golpes porque apenas sí nos dejan decir que somos quien somos. Nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno; estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo. Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden, maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse. Ante tanto horror Manchémonos, seamos sucias, feas y malas.
Es tiempo; seamos histéricas gritemos nuestra rabia, una rabia tierna, que apunta y no quiere matar, rabia con hambre, voraz de justicia, desde nuestro útero, desde nuestros ovarios: Gritemos Bastaaaa!!!

Texto escrito por Muriel Arensburg

La mujer sin voz

Soy
la mujer sin voz
carne golpeada
más
el alma
golpeada
Resignación de siglos

Y, al fin, a veces,
el fin:
una noticia cruel que en policiales
sólo nos causa un displicente
horror.

Luego el entorno sensacionalista
… y cómo pudo
… una madre
Los titulares también la golpearon
Maldita
Mal vista por provocar
su propia muerte

“Mujer siempre provoca”
Las malas lenguas también la golpearon
Nadie leyó las entrelíneas.

Texto escrito por Olga Zamboni de su libro “El Eterno Masculino”.

La maté porque era mía

Hay criminales que proclaman tan campantes ‘la maté porque era mía’, así no más, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Eduardo Galeano

Queremos flores

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
Desde la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
-toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores.

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos,
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
Y de los que nos vendaron los pies
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
Y del que nos despidió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
Y nos encerraron por locas
Flores del que nos pega, del que se emborracha
Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras
Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género

Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.


 Gioconda Belli

Sucedido

Conocido del lugar, este hombre, de pocas palabras, de andar sigiloso, se paró un día  en medio de la plaza y empezó a hablarles a los caminantes presurosos que circulaban por allí y que lo miraban apenas, y se dirigió también a las personas sentadas en los bancos. Y dijo:
-El insulto, el grito, la indiferencia, los golpes, el sometimiento y el maltrato en cualquiera de sus formas… ¿Por qué esta jodida costumbre de violentarnos los días? ¿Por qué nos hacemos la vida pesada, tratándolas a ellas como si fueran una cosa, cosa que nos pertenece,  arrebatándoles de todo,  hasta su vida?
Y reflexionó: 
-Ojalá recordemos que solo somos breves pasajeros en este mundo que no se nos acomoda. Y que en nuestras relaciones el que decida sea el amor. 
Sería una forma de ser un poco más libres, paradójicamente, en esta cárcel que nos supimos construir, pero de la cual tenemos las llaves para abrir las puertas y sacudirnos las ataduras y los miedos, que nos impiden ser. 

Texto escrito por Alexis Rasftopolo

Palabras de una sobreviviente II

Rompamos el silencio
A pesar de los múltiples cambios a que la familia se ha visto sujeta en las últimas décadas, la sociedad en general aún espera, y da por sentado, que esta institución, que en otras dimensiones incluye la convivencia, siga siendo absolutamente esencial si se quiere que las personas lleguen a la madurez psicológica y encuentren su lugar en la sociedad.
Lamentablemente, entre los mayores problemas que hoy enfrenta la familia, se destaca uno que atenta directamente contra la convivencia: la violencia en la familia, y se trata de un problema del cual, como demuestran los estudios que se han hecho sobre el tema, los casos que nos informan los medios de comunicación y los que conocemos en nuestro contexto, no se exime ninguna clase social.
El principal cómplice de la violencia en la familia, es el silencio, no sólo de los victimarios –sobre quienes penosa y lamentablemente quisiera creer (porque aún me es difícil aceptarlo) que no son conscientes de su conducta violenta y de su responsabilidad por ella sin importar la causa de la violencia-, sino también de las víctimas, porque por temor o vergüenza, preferimos callar respecto a este mal, que lenta pero progresivamente destruye la convivencia y a cuenta de “no sacar los trapitos al aire”, se trata de mantener en secreto un problema que a la corta o a la larga acarrea tristes consecuencias.
Para bien, en los últimos años, en la sociedad ha habido un cambio de actitud en cuanto a este tema, y uno de los logros ha sido el reconocimiento de la violencia en la familia como un problema que no pertenece sólo al ámbito privado, sino también al público.
Particularmente, siempre experimenté, además de compasión, una normal reacción de indignación ante los relatos de dolor sobre los abusos, malos tratos y la violencia sufridos en el contexto de sus familias. Sin embargo, no fui plenamente consciente de que la indignación produjera algún efecto sobre las personas hasta que leyendo un libro, me encontré con la siguiente propuesta: “Recuperar la dignidad a través de la indignación”. Y esta frase me hizo reflexionar, y comprendí que la expresión de indignación produce ciertos efectos en la persona que busca ayuda, como alivio y confianza. Entendí entonces, como lo hizo la autora del libro que trata sobre esta propuesta, que es sano indignarse frente a la violencia en cualquiera de sus formas, pero especialmente frente a la que se esconde dentro del ámbito familiar, el hogar. Pero, ¿por qué es saludable indignarse? Porque el maltrato y la violencia rebaja al ser humano, sea en su rol de agresor o de víctima, a un nivel de indignación tal que contrasta con la dignidad con la que Dios quiso dotarlo e imaginó para él; y también, porque hay que levantar la voz por los que no tienen voz y hacerles justicia, promoviendo la esperanza de libertad y salud.
Y en fin, porque hoy pienso, creo y estoy convencida que después de sufrir maltratos y violencia, y aún habiendo que transitar un camino de aceptación y sanación (y que puedo confirmar que es difícil), puedo anunciar que hay otra forma de vivir en familia, sobre todo en la relación conyugal, y cuestionar todo lo que era esperable y seguro, ya que la persona o la familia que ha vivido dentro de interacciones abusivas, suele naturalizar la violencia, porque lo conocido y repetido tiende a resultar normal (“siempre fue así”, “todas las mujeres de mi familia pasaron por esto”, etc). Se que es difícil mirar lo que vendrá con esperanza sí no hemos sanado debidamente las heridas del pasado, y reconociendo los efectos que aún siguen vigentes y curando finalmente los dolores y heridas pendientes. Pero sólo así es posible disponerse a transitar con libertad un camino diferente en lo que hace a las relaciones con la familia de origen y la propia, especialmente en el ámbito del matrimonio, porque cuando llega la luz y se proponen otras opciones podemos anunciar que podemos y debemos querer relaciones familiares más equitativas y dignas… ¡Porque hay otro modo de ser hombres y mujeres y hay otra forma de vivir en familia!


Palabras de una sobreviviente

Soy Sabrina Natalia Brieva. Víctima y sobreviviente de violencia.

Participo enviando un texto armado con “recortes” del libro “Rompamos el silencio. Prevención y tratamiento de la violencia en la familia” de María Elena Mamarian y agregando “a penas” lo que siento sobre mi experiencia, porque estoy convencida –como dijeron Aldous Huxley y José María de Pereda- que experiencia no consiste sólo en lo que se ha vivido y no es lo que nos sucede, sino en lo que se ha reflexionado y lo que se hace con lo que nos sucede.
Participo porque he comenzado a sentir el deseo y la necesidad de querer contar. De ponerle voz a lo que he pasado y vivido, y de querer levantar la voz por los que no la tienen, y hacerles justicia.
Participo en el nombre de Hebe Rulli y su hijo Agustín Romero, fallecido en un accidente de tránsito que podría haberse evitado porque fue ocasionado intencionalmente por su progenitor, quedando vivo éste y su hermano mellizo Mateo ambos de 7 años, que aún se encuentra internado en grave estado en el hospital, último caso sucedido en la ciudad de Concordia, Entre Ríos y que ha sido informado en diferentes medios de comunicación nacionales.
Participo como sobreviviente, porque es un sufrimiento del cual acarreamos tristes consecuencias, como la culpa, el temor y la vergüenza, que dificultan el rehacer nuestra vida, e incluso, pudiendo afectar y dañar una nueva relación. Temor hasta de morir o de que nos destruyan muriendo aún estando en vida, sí hacen daño o matan a un hijo.

Y porque concuerdo con la OMS que en un sentido amplio, “la violencia es el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otras persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones” La inclusión de la palabra “poder”, además de la frase “uso intencional de la fuerza física” amplía la naturaleza de un acto de violencia para dar cabida a los actos que son el resultado de una relación de poder, incluidas las amenazas y la intimidación. Decir “uso del poder” también sirve para incluir el descuido o los actos por omisión. Además de los actos de violencia por acción, más evidentes. Por lo tanto, debe entenderse que “el uso intencional de la fuerza o el poder físico” incluye el descuido y todos los tipos de maltrato físico, sexual y psíquico. Esta definición cubre una gama amplia de consecuencias, entre ellas los daños psíquicos, las privaciones y las deficiencias del desarrollo. Numerosas formas de violencia contra las mujeres, los niños y los ancianos, por ejemplo, pueden dar lugar a problemas físicos, psíquicos y sociales que no necesariamente desembocan en lesión, invalidez o muerte. Estas consecuencias pueden ser inmediatas, o bien latentes, y durar muchos años después del maltrato inicial. Por lo tanto, definir los resultados atendiendo en forma exclusiva a la lesión o la muerte limita la comprensión del efecto global de la violencia en las personas, las comunidades y la sociedad en general. 


La mujer de la bolsa

“Esa, la de la bolsa, soy yo. Y si no hubiera sido una performance, y si no lo hubiéramos hecho por todas ellas, si de verdad yo terminara en una bolsa como tantas otras, habría de seguro personas que alegarían que “se lo merecía por puta”, que por mi ropa ese era mi fin, que porque salía mucho de noche o pensaba diferente me lo había buscado. Que por ser mujer y decidir, por ser mujer y decir que no, porque alguien se creyó que era nuestro dueño, merecíamos tener ese final.
Que por esta cultura de la violación en la que vivimos, la gente correría a investigar mi pasado, mis relaciones, buscar fotos que puedan servir como justificativo al por qué alguien puede hacer esto. Que en lugar de culpar al abusador, nos culpa a nosotras, nos condena.
Dentro de la bolsa fui Melina, fui Ángeles, fui Paula, fui Sonia, fui María Soledad, Houria Moumni y Cassandre Bouvier, y tantas otras que corrieron con la misma suerte, sentí en mi carne su sufrimiento, y aún estando en la bolsa en perfectas condiciones -a diferencia de ellas que fueron molidas a golpes- que las violaron, las violentaron, había alguien juzgándonos, echándonos la culpa, justificándolos.
Hace rato llegó la hora de mirar para adentro, de empezar a sentir por los demás, de ponerse en su lugar, entender y dejar de juzgar, reflexionar por nuestros errores y mejorar nosotros mismos, crecer, animarse a gritar contra lo que esta mal, rebelarse a eso establecido que supone estar bien mientras se mira para un costado cuando miles de mujeres terminan dentro de una bolsa de basura en un arroyo.
A diferencia de ellas, a mí me levantaron del suelo y me sacaron de la bolsa, una amiga me dio un abrazo de resurrección y me dijo que todo iba a estar bien. Paula Telis nos ayudó a ser ellas, nos dio este lugar y el poder de representarlas, de defenderlas, de tener por una vez a alguien en su lugar y a su favor, y tuve un grupo de compañeras que “sufrieron” en su bolsa a mi par, gracias, las quiero. Si tocan a una, nos tocan a todas. Ni una más”.
***

Lara tiene 17 años. En noviembre de 2014 subió a su Facebook la foto de la bolsa con el relato. Es la ilustración de una performance colectiva -”Mujer Basura” realizada por el Grupo de Arte Performance de La Marcha de las Putas, en su marcha anual en Plaza de Mayo. En septiembre había aparecido el cuerpo de Melina Romero, dentro de una bolsa, al costado de un basural en José León Suárez.